El murmullo de Dios... PDF Print E-mail

Como la forja del hierro, que para convertirse en espada ha de ser pasado por fuego, golpeado, moldeado y luego templado, así describe Enedino Aquino el proceso vivido hasta convertirse hace unos cuantos días en el más nuevo de los diáconos hispanos en la Diócesis de Charlotte.

“Aunque para ser sinceros lo mío fue más una seducción, un enamoramiento lento. Porque al principio mi Dios me llamó como en un murmullo y fue despertando en mi la necesidad de servir a mis hermanos”, dice.

nino_seisEnedino recuerda que fue hace alrededor de 18 años cuando comenzó a involucrarse en las cosas del Señor, primero con las actividades de su parroquia, San José, en Asheboro.

“Como todo buen cristiano, asistía a la misa el domingo, en ese entonces éramos como treinta y tantos los que íbamos. Y por mi esposa, que era la que me empujaba, comencé a pasar la canasta, como lector… luego comenzó a llegar más gente y vimos como las necesidades de la comunidad iban creciendo”.

Por aquel entonces, el ahora diácono tenía gran interés en el futbol, incluso fue por cinco años presidente de la primera liga hispana de futbol y muchas veces tuvo que “mixtear”, como él dice, entre la iglesia y este deporte.

“Pero entonces mi esposa me empezó a impulsar más, me decía: ‘pasa la canasta’, ‘ponte a leer’. Además ella empezó a querer ir más a la iglesia y nos fuimos involucrando, primero a prepararme para dar pláticas de matrimonio y de bautismo y también a preparar a otros, a delegar, porque las necesidades eran muchísimas”.

Pero el detonador, señala, fue su participación en el primer retiro para hombres, que organizaron hace ya 14 años con ayuda del padre Jesús Guadarrama, seminarista en ese entonces y hoy en día ya sacerdote, así como del padre Vicente H. Finnerty, quien tenía a su cargo la dirección del Ministerio Hispano.

“Ellos llegaron a la parroquia a investigar lo que se estaba haciendo, y sinceramente se hacía lo que se podía. Entonces me empezaron a invitar y Dios me fue jalando por ese lado, la inquietud nació, y ya no me sentía a gusto andando en la calle, hubo una mezcla de sentimientos y finalmente Dios tuvo la razón, dejé el fut y me fui involucrando más, primero fue el retiro de hombres y luego comenzamos con las jornadas juveniles, que las hemos venido haciendo de 1997 a la fecha”.

En ese tipo de retiros, comenta, “Dios me fue hablando muy suave, sin presionar ni acarrear. Me hablaba al oído, y esa fue la seducción, puedo decir que me enamoré del Señor a través del servicio”.

nino_cuatroLa figura del padre Vicente H. Finnerty fue decisiva en la formación de Enedino, su ejemplo y su impulso.

“Comenzamos con la gente que llegaba al retiro, a darles el recibimiento, a hacerlos sentir bien, nos decía que para ellos la iglesia a lo mejor era sólo una comida caliente, porque él veía a la gente que vivía amontonada en las trailas y batallando, entonces me decía ‘no les hables de Dios, mejor muéstraselos’. Entonces dejé de ser presidente de la liga de Fut y me dediqué de lleno a la iglesia”.

Luego llegó un cursillo, en 97 ó 98, “participé en un cursillo de cristiandad que fue por así decirlo la cereza del pastel. Como que Dios me fue cocinando, amoldando… hubo cosas duras, donde el corazón te jala a la comodidad, al sofá, y Dios me desinstaló de mi comodidad y me lanzó al servicio. Yo siempre pienso que el cursillo fue la punta,

Como que Dios dijo ‘esto es lo que le hace falta’. Entonces lo dejé todo, la bebida, muchas cosas, me dedique al señor. Y se lo dije, me entregué y le dije aquí estoy, nomás veme mostrando el camino”.

El proceso de formación también fue lento. Enedino recuerda que su Biblia se la regaló un americano hará unos 17 años.

“Pero no la sabía leer, no la sabía usar, no la sabía trabajar. Era como quien dice una piedra en bruto que le faltaba pulirse. El padre Vicente se dio cuenta y me comenzó a impulsar. Primero iba a la diócesis de Raleigh a tomar cursos de liderazgo, o de lo que hubiera yo iba”.

El padre Finnerty, dice, nos comenzó a dar forma y se preocupó de que hubiera una estructura, fue formando líderes para los vicariatos, tuvo la idea de poner coordinadores.

“Yo empecé en Winston-Salem, pero al principio anduve trabajando por todos lados. Jesús, el seminarista, le dio forma a los retiros y a lo relacionado con la formación. Así estuvimos  trabajando cinco o seis años hasta que el padre me ofreció el trabajo como coordinador y el 1 de septiembre de hace 13 ó 14 años, no recuerdo exactamente, comencé a trabajar en el vicariato de tiempo completo y desde entonces no he parado”.

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El camino al diaconado

nino_uno“Comencé a hacer muchas cosas y me sentía insatisfecho, como que algo más podía hacer”.

Vicente nos dio forma, comenzó a armarlo todo: él mandaba traer maestros del SEPI a que me dieran clases toda la semana. Me dieron formación de Biblia, formación canónica, Antiguo testamento, Moralidad, Mariología, Justicia Social.  Los maestros venían todo el día conmigo y en la noche el padre los aprovechaba en la comunidad, dice, nos levantábamos 7.30 y primero íbamos a misa, luego tenía al maestro para mi solito.

Luego vino la formación fuera, viajando a Los Angeles a Nueva York, Houston, Nuevo México, con talleres a nivel nacional; “fui a la universidad en Washington a tomar unos cursos básicos. Formación fue bastante, pero algo faltaba y yo no sabía discernir qué”.

“Entonces empecé a voltear a ver a los diáconos, a Carlos Medina, creo que es nicaragüense, empecé a ver su trabajo, lo que hacía. En ese entonces no había muchos latinos. Luego conocí a Darío y a otros, creo que en Monroe había otro latino. Y como que Dios me dijo: ‘voltea para allá’. Y me fue interesando ese trabajo. En México yo escuchaba de ministros, pero nunca de diáconos, eso lo vine a conocer acá en EEUU y entonces empecé a investigar”.

Enedino recuerda que hace 10 años fue rechazado cuando aplicó para el diaconado, por su escaso dominio del idioma inglés.

“Mi cabeza no da para más, no se me queda. Yo creo que Dios nos hace débiles en algunas cosas y a lo mejor es mi capacidad física. Entonces me organicé, estudiaba con cd’s en la casa, tomé cursos y volví a aplicar hace cinco años. Me tocó otro entrevistador con más paciencia, se sentó, me dio tiempo de hablar, me hablaba despacio, y finalmente me aprobaron. Me emocioné mucho”.

Y comenzó la carrera: los primero meses fueron de entrevistas y de conocer directamente con los diáconos la naturaleza de su labor, lo difícil que es el servicio. Enedino recuerda que al principio había más candidatos y no sólo los seis que finalmente se ordenaron.

“Había cuatro hispanos y como nueve americanos, luego en el camino nos fuimos quedando nueve, luego siete y finalmente los seis que nos ordenamos”.

El proceso prosiguió en medio de una serie de altibajos donde los candidatos hispanos se fueron y solo quedó él, donde la batalla con el inglés lo desanimaba. “Como al segundo semestre quería dejarlo todo, pero luego ya me sentí más cómodo, comenzamos a hacer camaradería, los compañeros americanos me ayudaron mucho, me aceptaban que hablara en español y fue una buena experiencia durante los cuatro años de formación”.

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La familia: el gran pilar

 

nino_siete“Mi familia fue indiscutiblemente mi gran apoyo. Mi mujer tuvo que ir a acompañarme. Ella no entendía nada, pero estaba allí, y a veces le tenían que poner un intérprete cuando tenía que participar en algo, pero siempre estuvo a mi lado”.

En este camino al diaconado, Enedino reconoce muy especialmente el apoyo de una de sus hijas: Ruth.

“Porque yo tenía que entregar mis asignaciones en inglés y ella me ayudaba a poder entender, me traducía. Me permitieron llevar grabadora y yo grababa todo, luego en la casa ella me ayudaba a traducirlo todo, y mis tareas y asignaciones las hacía en español y ella lo traducía, me revisaba mi trabajo, mis errores. Yo entregué asignaciones y daba mis clases como cualquiera de ellos y cuando me tocaba predicar lo hacía en inglés y ella me ayudaba porque como que yo tengo una lengua muy mala para la pronunciación”.

Aunque algunos maestros le aceptaban sus tareas en español, la mayoría de las veces requería el apoyo de Ruth, con quien practicaba sus diálogos, estudiaba, corregía trabajos, preparaba asignaciones.

“Siento que Dios me dio esa deficiencia para ponerle más empeño, yo trato de creer eso. Y si le tuve que poner mucho coco en estudiar, le dedicaba tiempo y a veces nos daban las dos o tres de la mañana y mi hija se la pasaba estudiando conmigo”.

Y así, recuerda, sin soltar mi trabajo ni soltar mi familia, yo seguía haciendo lo mismo, se me hacia de día… pero valió la pena el caminar, el andar. Hoy estoy contento, demasiado contento, tanto que todavía estoy en shock.

“Y es que la gente ha sido bondadosa, no tienes idea de cuánta gente ha estado orando por mi, son ocho parroquias y bastantes grupos de la comunidad han estado allí. Y creo que eso también ha valido mucho la pena”.

Aunque siente esa gran satisfacción, Enedino dice que todavía tiene muchas cosas que pensar, y mucho por prepararse.

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Una gran compañera

nino_nueveAunque agradece el apoyo incondicional de su hija y las oraciones de los amigos y la feligresía con la que tiene trato cotidiano, Enedino destaca muy especialmente el papel de su esposa en su caminar por la vida.

“Uno de los momentos más emotivos en mi preparación fue ya casi al finalizar, cuando tuvimos un evento en el que se me entregó una estola simbólica y luego mi esposa tomó mis manos y me dijo ‘en lo mucho o lo poco…’ pero ya no escuché más. Todavía ahorita me acuerdo y me emociono”.

De entre lo que rescató de su memoria, Enedino recuerda que la señora María Luisa le dijo: “Hemos llegado a la meta… esas manos que algún día bendecirán a los hijos… como han bendecido al matrimonio, que llevarán consuelo a los que han perdido a un ser querido…”

“Y eso me marcó. Yo ya había entendido el trabajo, pero no lo había entendido bien sino hasta que mi esposa me tomó las manos y lo dijo, como que cayó la luz y el veinte aterrizó”.

Hoy, dice, se que si estoy en esto es porque le sigo creyendo a Dios, creo en sus promesas, en que El me va a ayudar, y le creo que me va a ayudar.

“Se que estoy llamado al servicio, a la proclamación de la palabra, a acercar a aquellos que se alejan de la iglesia, como diácono, pero principalmente como servidor”.

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María Luisa: La bendición de servir

nino_esposaEnedino lleva 35 años casado con la señora María Luisa Aquino y tiene cuatro hijos: Ana Luisa, Ruth, Gisela y Luis. Además cuenta con nueve nietos, cuatro viviendo en México y cinco en este país, su patria adoptiva desde hace ya 23 años.

A lo largo del camino recorrido para llegar a este nuevo ministerio al servicio de Dios Nuestro Señor ha contado con el respaldo incondicional de su familia, muy especialmente de su esposa, quien asegura que no se cansa de dar gracias por tantas bendiciones, pero sobre todo por la oportunidad de servir.

“Cuando tú te vas involucrando en el camino de Dios te involucras en una cosa y vas conociendo otra necesidad y luego otra. Vas caminado, pero al mismo tiempo que hay mucho trabajo te sientes satisfecho de ir ayudando a la comunidad, de escucharlos y acompañarlos, comentar sus problemas, dar consejo y orientación. Todo esto lo va haciendo a uno seguir en el camino”, dice doña María Luisa.

En la misma necesidad, destaca, se ve que faltan sacerdotes, “y cuando le llega a mi esposo la invitación al diaconado y ve que podrá abarcar un poco más en las necesidad y carencias que hay se decide y lo platicamos, porque ‘la primera regla es que estés conmigo’, me dijo”.

Y no fue nada fácil, comenta, pero gracias a Dios contaron con el apoyo de su hija Ruth, quien le estuvo ayudando a traducir, porque “aunque sea la misma religión, son mundos diferentes”, dice al referirse a la barrera cultural y del idioma.

El respaldo, por su parte, fue absoluto. “Si El cree que tú eres bueno para este compromiso, vamos a seguirle echando para adelante. Y pues gracias a Dios llegamos a un feliz término”.

Ella, a su vez, contó con el apoyo de las esposas de los otros postulantes “encontré muy buena ayuda en dos de las compañeras, dos portorriqueñas que me traducían y siempre me acompañaron, nos encontramos muy bien, se preocuparon porque yo me sintiera cómoda todos nos conocimos muy bien”.

Con todo, “el día de la ordenación me sentía como que me iba a desmayar, era una emoción y una satisfacción tan grandes. Me sentía feliz y no me cansaba de darle las gracias a mi Dios de que habíamos llegado al final de nuestro propósito, le dije ‘síguenos ayudando, no te alejes de nosotros, nosotros vamos a hacer lo que Tú quieras que hagamos’.  Yo nací para servirle a El, eso me hace feliz. Por eso yo trato de ayudar a mi esposo en todo lo que él hace y estoy muy feliz”.

El resto de los miembros de la familia están también muy contentos, dice doña María Luisa, “felicitaron mucho a su papá. Y mi esposo también le dio las gracias a mi hija, que tanto le ayudó. Todos están muy contentos de que ya su papá se hizo diácono”.

La familia, dice, veía el sacrificio de que nos íbamos toda la semana y luego él acomodaba los retiros y trabajos cuando no iba a la escuela. Pasaba a veces un mes y había cosas y cosas, pero aprovechamos siempre y cuando había tiempo de hacer cosas juntos y sobre todo de agradecer a Dios por las bendiciones, porque sabemos que siempre están cuidándonos y orientándonos”.

Pero la mayor de todas las bendiciones, dice, es la oportunidad de servir “la gente te busca, te pide consejo y como que se sienten confortados. Y todo eso me hace sentir muy bien”.

Ahora, como dice mi esposo, el compromiso es grande y yo lo único que puedo ayudar es pedirle a Dios que te ayude, le digo yo a él, que te acompañe para que puedas seguir. Orar es lo que puedo hacer, pedirle que no te deje de su mano para que puedas seguir:

“Si aquí nos quieres tener mi Padre Dios, aquí nos vas a tener hasta el día que Tú quieras”.

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